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      《一千零一夜》連載三十五d

      時間:2011-11-29來源:互聯網  進入西班牙語論壇
      核心提示:《一千零一夜》連載三十五d PERO CUANDO LLEG LA 759 NOCHE Ella dijo: ...Y eso es todo lo que deseo de ti por hoy! Apenas acab de hablar Aladino, cuando el genni, despus de la respuesta con el odo y la obediencia, apresurse a desap
      (單詞翻譯:雙擊或拖選)

      《一千零一夜》連載三十五d

      PERO CUANDO LLEGÓ LA 759 NOCHE

       

      Ella dijo:

      “ ...¡Y eso es todo lo que deseo de ti por hoy!”

      Apenas acabó de hablar Aladino, cuando el genni, después de la res­puesta con el oído y la obediencia, apresuróse a desaparecer, pero pa­ra volver al cabo de un momento con el caballo, los cuarenta y ocho esclavos jóvenes, las doce jóvenes, los cuarenta y ocho sacos con cinco mil dinares; cada uno y los doce tra­jes de tela y color diferentes. Y to­do era absolutamente de la calidad pedida, aunque más hermoso aún. Y Aládino se posesionó de todo y despidió al genni, diciéndole: “¡Te llamaré cuando tenga necesidad de ti!” Y sin pérdida de tiempo se des­pidió de su madre, besándola una vez más las manos, y puso a su ser­vicio a las doce esclavas jóvenes, re­comendándoles que no dejaran de hacer todo lo posible por tener con­tenta a su ama y qué le enseñaran la manera de ponerse los hermosas trajes que habían llevado.

      Tras todo lo cual Aladino se apre­suró a montar a caballo y a salir al patio de la casa. Y aunque subía entonces por primera vez a lomos de un caballo, supo sostenerse con una elegancia y una firmeza que le hu­bieran envidiado los más consuma­dos jinetes. Y se puso en marcha, con arreglo al plan que había imagi­rindo para el cortejo, precedido por veinticuatro esclavos formados en dos hileras de a doce, acompañado por cuatro esclavos que iban a am­bos lados llevando los cordones de la gualdrapa del caballo, y seguido por los demás, que cerraban la mar­cha.

      Cuando el cortejo echó a andar por las calles se aglomeró en todas partes, lo mismo en zocos que en ventanas y terrazas, una inmensa muchedumbre mucho más conside­rable que la que había acudido a ver el primer cortejo. Y siguiendo las órdenes que les había dado Aladino, los cuarenta y ocho esclavos empe­zaron entonces a coger oro de sus sacos y a arrojárselo a puñados a derecha y a izquierda al pueblo que se aglomeraba a su paso. Y resona­ban por toda la ciudad las aclamacio­nes, no sólo a causa de la generosi­dad del magnífico donador, sino también a causa de la belleza del ji­nete y de sus esclavos espléndidos. Porque en su caballo, Aladino esta­ba verdaderamente muy arrogante, con su rostro al que la virtud de la lámpara mágica. hacía aún más en­cantador, con su aspecto real y el airón de diamantes que se balancea­ba sobre su turbante. Y así fue como, en medio de las aclamaciones y la admiración de todo un pueblo, Aladino llegó a palacio precedido por el rumor de su llegada; y todo estaba preparado allí para recibirle con todos los honores debidos al es­poso de la princesa Badrú'l-Budur.

      Y he aquí que el sultán le espera­ba precisamente en la parte alta de la escalera de honor, que empeza­ba en el segundo patio. Y no bien Aladino echó pie a tierra, ayudado por el propio gran visir, que le tenía el estribo, el sultán descendió en ho­nor suyo dos o tres escalones. Y Aladino subió en dirección a él y quiso prosternarse entre sus manos; pero se lo impidió el sultán, que re­cibióle en sus brazos y le besó co­mo si de su propio hijo se tratara, maravillado de su arrogancia, de su buen aspecto y de la riqueza de sus atavíos. Y en el mismo momento retembló el aire con las aclamacio­nes lanzadas por todos los emires, visires y guardias, y con el sonido de trompetas, clarinetes, óboes y tambores. Y pasando el brazo por el hombro de Aladino, el sultán le condujo al salón de recepciones, y le hizo sentarse a su lado en el le­cho del trono, y le besó por segunda vez, y le dijo: “¡Por Alah, oh hijo mío Aladino! que siento mucho que mi destino no me haya hecho encon­trarte antes de este día, y haber di­ferido así tres meses tu matrimonio con mi hija Badrú’l-Budur, esclava tuya!” Y le contestó Aladino de una manera tan encantadora, que el sul­tán sintió aumentar el cariño que le tenía, y le dijo: “¡En verdad, ¡oh Aladino! ¿qué rey no anhelaría que fueras el esposo de su hija?” Y se puso a hablar con él y a interrogar­le con mucho afecto, admirándose de la prudencia de sus respuestas y de la elocuencia y sutileza de sus dis­cursos. Y mandó preparar, en la misma sala del trono, un festín mag­nífico, y comió solo con Aladino, haciéndose servir por el gran visir, a quien se le había alargado con el despecho la nariz hasta el límite del alargamiento, y por los expires y los demás altos dignatarios:

      Cuando terminó la comida, el sul­tan, que no quería prolongar por mas tiempo la realización de su pro­mesa, mando llamar al kadí y a los testigos, y les ordenó que redactaran inmediatamente el contrato de ma­trimonio de Aladino y su hija la princesa Badrú’l-Budur. Y en presen­cia de los testigos el kadí se apresuró a ejecutar la orden y a extender el contrato con todas las fórmulas re­queridas por el Libro y la Sunnah. Y cuando el kadí hubo acabada, el sultán besó a Aladino, y le dijo: “¡Oh hijo mío! ¿penetrarás en la cámara nupcial para que tenga efecto la con­sumación esta misma noche?” Y con­testó Aladino: “¡Oh rey del tiempo! sin duda que penetraría esta misma noche para que tuviese efecto la consumación, si no escuchase otra voz que la del gran amor que ex­perimento por mi esposa. Pero de­seo que la cosa se haga en un pa­lacio digno de la princesa y que le pertenezca en propiedad. Permíteme, pues, que aplace la plena realización de mi dicha hasta que haga cons­truir el palacio que le destino. ¡Y a este efecto, te ruego que me otor­gues la concesión de un vasto terre­no situado frente por frente de tu palacio, a fin de que mi esposa no esté muy alejada de su padre, y yo mismo esté siempre cerca de ti para servirte! ¡Y por mi parte, me com­prometo a hacer construir este palacio en el plazo más breve posible!” Y el sultán contesto: “¡Ah! ¡hijo mío, no tienes necesidad de pedirme permiso para eso! ¡Aprópiate de to­do el terreno que te haga falta en­frente de mi palacio. ¡Pero te ruego que procures se acabe ese palacio lo más pronto posible, pues quisiera gozar de la posteridad de mi des­cendencia antes de morir!” Y Ala­dino sonrió, y dijo: “Tranquilice su espíritu el rey respecto a esto. ¡Se construirá el palacio con más diligencia de la que pudiera esperar­se!” Y se despidió del sultán, que le besó con ternura, y regresó a su casa con el mismo cortejo que le había acompañado y seguirlo por las aclamaciones del pueblo y por votos de dicha y prosperidad.

      “En cuanto entró en su casa puso a su madre al corriente de lo que había pasado, y se apresuró a reti­rarse a su cuarto completamente so­lo. Y cogió la lámpara mágica y la frotó como de ordinario. Y no dejó el efrit de aparecer y de ponerse a sus órdenes. Y le dijo Aladino: “¡Oh efrit de la lámpara! ante todo, te fe­licito por el celo que desplegaste en servicio mío. Y después tengo que pedirte otra cosa según creo, más difícil de realizar que cuanto hiciste por mí hasta hoy, a causa del poder que ejercen sobre ti las virtudes de tu señora, que es esta lámpara de mi pertenencia. ¡Escucha! ¡quiero que en el plazo más corto posible me construyas, frente por frente del palacio del sultán, un palacio que sea digno de mi esposa El Sett Badrú’l-Budur! ¡Y a tal fin, dejo a tu buen gusto y a tus conocimientos ya acreditados el cuidado de todos los detalles de ornamentación y la elección de materiales preciosos, ta­les como piedras de jade, pórfido, alabastro, ágata, lazulita, jaspe, már­mol y granito! Solamente, te reco­miendo que en medio de ese palacio eleves una gran cúpula de cristal, construida sobre columnas de oro macizo y de plata, alternadas y agu­jeriada con noventa y nueve venta­nas enriquecidas con diamantes, rubíes, esmeraldas y otras pedrerías, pero procurando que la ventana número noventa y nueve quede im­perfecta, no de arquitectura, sino de ornamentación. Porque tengo un proyecto sobre el particular. Y no te olvides de trazar un jardín her­moso, con estanques y saltos de agua y plazoletas espaciosas. Y sobre todo, ¡oh efrit! pon un tesoro enor­me lleno de dinares de oro en cierto subterráneo, cuyo emplazamiento has de indicarme: ¡Y en cuanto a lo demás, así como en lo referente a cocinas, caballerizas y servidores, te dejo en completa libertad, con­fiando en tu sagacidad y en tu buena voluntad!” Y añadió: “¡En seguida que esté dispuesto todo, vendrás a avisarme!” Y contestó el genni: “¡Escucho y obedezco!” Y desapareció

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